LA RAZA FUTURA ( CAPITULO 21. )


Venia observando, desde hacía algún tiempo, en la altamente instruida y poderosamente proporcionada hija de mi huésped, ese sentimiento bondadoso y protector con el cual, lo mismo bajo, que sobre la tierra, una Providencia omnisciente ha dotado al género femenino de la raza humana. Pero, hasta muy recientemente, yo atribuía tal sentimiento, al afecto que toda mujer siente por animalitos domésticos y que ellas comparten con un niño. Pero empecé a darme cuenta, con pena, de que el sentimiento, con que Zee se dignaba honrarme, era diferente del que había yo inspirado a Taë. Esta convicción, lejos de despertar en mí esa complacencia grata que la vanidad del hombre concibe ordinariamente al notar, que el bello sexo aprecia sus méritos personales, me inspiró, más bien, temor.

No obstante, de entre todas las muchachas de aquella comunidad, de las cuales Zee era, quizás, la más inteligente y la más fuerte, era según consenso general, la más gentil, ciertamente la más popular y la más querida. El deseo de ayudar, de socorrer, de proteger, de confortar y de bendecir parecía compenetrar su entero ser. Aunque, en el régimen social de los Vril-ya eran desconocidas las múltiples miserias, resultantes de la penuria y del mal vivir, los sabios no han descubierto todavía en el Vril, un elemento que eliminara las tristezas de la vida; así, cuando el dolor afligía a alguno de su pueblo, Zee aparecía en misión consoladora.

Si alguna compañera no conseguía atraerse el amor, por el que suspiraba, Zee iba a su encuentro y ponía, en su ayuda, todos los recursos de su sabiduría y todo el consuelo de su simpatía, a fin de desvanecer la tristeza de quien necesita el solaz de un confidente. En los casos, muy raros, en que alguna grave enfermedad hacía presa de los niños o jóvenes, y en los casos, más frecuentes, de accidentes entre los infantes aventureros, dolor y heridas, Zee abandonaba sus estudios y deportes y se convertía en médico y en enfermera.

Sus vuelos favoritos eran a los límites del dominio, donde estaban estacionados niños de guardia, contra los estragos de fuerzas naturales y para prevenir e impedir la invasión de animales devoradores, Zee iba al objeto de advertirles de cualquier peligro, que sus conocimientos le hicieran advertir o prever y de esa manera, pudieran ponerse a cubierto de todo daño. Hasta en el ejercicio de sus investigaciones científicas, perseguía Zee una finalidad y propósito benevolente. Si en la persecución de sus estudios, descubría alguna novel invención que fuera susceptible de ser utilizada en algún oficio, arte o industria, se apresuraba a darla a conocer y explicarla. Si observaba en algún viejo sabio del Colegio perplejidad y cansancio resultante del estudio excesivamente arduo, se dedicaba pacientemente a ayudarlo, encargándose de los detalles; animándolo con su simpática sonrisa; avivándole la imaginación, con sugestiones luminosas; actuando, por así decirlo, como Hada bienhechora en forma visible, para fortalecerlo e inspirarlo.

La misma ternura manifestaba hacia las criaturas inferiores. Con frecuencia, la había visto llegar trayendo en brazos algún animal herido o enfermo, al que cuidaba como una madre hubiera atendido y cuidado a su niño enfermo. Más de una vez, encontrándome sentado en la terraza, o jardín colgante, que se extendía ante mi ventana, la vi remontarse en el aire con sus alas radiantes y pocos momentos después, aparecer en medio de un grupo numeroso de niños que, con gritos de gozo, revoloteaban a su alrededor, haciendo de ella el centro y la causa de inocente regocijo. En nuestros paseos entre las rocas y por los valles, alrededor de la ciudad, los ciervos, que la veían a la distancia o la olían, venían presurosos a buscar la caricia de su mano, o la seguían, hasta que ella, los despedía, con alguna palabra cariñosa que los animalitos habían aprendido a entender.

Era moda entre las muchachas llevar en la frente una diadema o corona, adornada de piedras, parecidas a ópalos, dispuestas como los rayos de una estrella. En uso ordinario, tales piedras carecían de brillo, pero, al tocarlas con la varilla de Vril, despedían como una llamarada brillante y ondulante que iluminaba sin quemar. La empleaban como ornamento, en las festividades, y como lámpara, si, en sus salidas más allá de las luces artificiales, tenían que atravesar lugares oscuros. A veces, contemplando la pensativa majestad del rostro de Zee, iluminado por este halo, me era difícil creer que fuera criatura mortal; inconscientemente inclinaba mi cabeza, como ante un ser de las huestes celestiales.

Ni por un instante sentí nada parecido al amor humano, por aquel exaltado modelo de la más noble femineidad. Al parecer, en los hombres, de la raza a que yo pertenezco, el orgullo masculino influencia tanto las pasiones que la mujer pierde para él el femenil encanto, en cuanto percibe en ella destacada superioridad. Todavía no alcanzo a explicarme por qué extraño capricho pude yo ser objeto de las preferencias de aquella sin par hija de una raza que, en la supremacía de sus poderes y en la felicidad de su condición, consideraba a todas las demás razas en la categoría de bárbaros. Aunque yo gozaba fama de buen mozo entre las gentes de mi raza, aparecía insignificante y mezquino al lado del magnífico y apuesto tipo de belleza, característico de los Vril-ya. La novedad, la diferencia entre mi tipo y aquellos, a los cuales Zee estaba acostumbrada, pudo haber inclinado su fantasía.

Como el lector verá más adelante, tal causa puede ser suficiente para explicar la predilección con que me distinguió una Gy que acababa de salir de la infancia y muy inferior en todo respecto a Zee. Pero al considerar la razón de los tiernos sentimientos, con que me favorecía la hija de Aph-Lin, se habrán de atribuir al deseo natural congénito en ella de cuidar, confortar, proteger y, al proteger, sostener y exaltar a los débiles.

De manera que, al recordar aquellos días, es la única explicación que encuentro a lo que considero una debilidad, indigna de aquella exaltada naturaleza. Sólo una debilidad podía despertar en la hija de un Vril-ya, un afecto femenino por uno tan inferior a ella como el huésped de su padre. Sea cualquiera la causa, sólo el pensar que yo pudiera inspirar tal afecto, me emociona y me asombra. Es un asombro moral por las mismas perfecciones; por los poderes misteriosos de Zee y por las bien marcadas diferencias entre su raza y la mía; y, con este asombro (he de confesarlo con vergüenza) se combina el temor más material e innoble por los peligros a que, la preferencia de aquella hermosa muchacha me exponía. No cabía suponer, ni por un momento, que los parientes y amigos de aquella exaltada niña llegaran a admitir, sin indignación y disgusto, la posibilidad de una alianza entre ella y un Tish. A ella no la podían castigar; no la podían confinar o coaccionar. Ni en la vida doméstica, ni en la política reconocían ley alguna de fuerza aplicable a los de su raza; pero podían poner eficazmente fin al capricho de la Gy, haciéndome polvo con una descarga de Vril. En tan ansiosas circunstancias, mi conciencia y sentido de honor estaban, afortunadamente, libres de todo reproche. Consideré de mi deber, si las preferencias de Zee continuaban, darlo a conocer a mi huésped, con toda la delicadeza que ha de emplear todo hombre bien educado, al confiar a otro el favor con que el bello sexo lo distingue.

De esta manera, quedaría libre de toda responsabilidad; de la sospecha de que compartía los sentimientos de Zee, y confiaba que la sabiduría más profunda de mi huésped podría sugerir algún medio que me sacara de mi peligroso dilema. En esta determinación obedecí al impulso de todo hombre civilizado y moral, quien, por equivocado que esté, prefiere el curso más correcto, aunque sea contra sus inclinaciones, sus intereses y su seguridad.



SOLIM SA LA RA PAZ INVERENCIAL

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