LA RAZA FUTURA ( CAPITULO 20. )

 Desde la expedición, que hice con Taë, y que he narrado en un capítulo anterior, el muchacho me hacía visitas frecuentes. Me había tomado gran simpatía, que yo retribuía cordialmente. En efecto, como no había cumplido todavía doce años y no había empezado los estudios científicos, con los cuales se cierra el período de la niñez en aquel país, mi intelecto no era tan inferior al suyo, como al de otros miembros de su raza, especialmente de las Gy-ei, y en particular el de la destacada Zee.

Los niños de los Vril-ya, dado que sus mentes están ocupadas en tantos deberes activos y graves responsabilidades, no son, en general, alegres; pero Taë, con toda su sabiduría, tenía mucho del buen humor juguetón, que caracteriza frecuentemente a los ancianos de genio. En mi compañía experimentaba Taë algo parecido al placer que un muchacho de la misma edad siente en nuestro mundo en compañía de un perro o mono domesticado. Se divertía mostrándome y enseñándome las costumbres de su pueblo; como se divierte un sobrino mío en hacer caminar a su perrito sobre sus patas traseras o saltar por el aro. Yo me prestaba, de buena gana, a tales experimentos; pero nunca alcancé el éxito del perrillo.

Al principio, estaba yo muy interesado en aprender a usar las alas; las cuales el más joven de los Vril-ya usa con tanta destreza y facilidad, como nosotros empleamos las piernas y brazos; pero, mis esfuerzos no me dieron otro resultado que contusiones, lo bastante serias, como para hacerme abandonar la idea con desesperación. Las alas que, como he dicho antes, son muy grandes, llegan a la rodilla; plegadas, envuelven el cuerpo, formando un manto muy gracioso.

Están hechas de plumas de un ave gigante, que abunda en las alturas rocosas del país; son de color, en gran parte blanco; pero las hay con listas rojizas. Las alas se sujetan alrededor de los hombros, por medio de resortes livianos, pero fuertes, de acero; al extenderlas con los brazos, éstos se deslizan entre los pliegues, formando por decirlo así, una sólida membrana central. Al levantar los brazos, actúan un dispositivo mecánico, el cual infla un forro de construcción tubular, que se lleva como chaleco o túnica; inflazón que se gradúa, aumentándola o disminuyéndola, a voluntad, al mover los brazos: el mismo forro sirve para sostener el cuerpo como vejiga natatoria.

Las alas y el forro tubular neumático, están fuertemente cargadas con Vril; cuando el cuerpo flota así sostenido parece como si perdiera peso. Me fue fácil levantarme sobre el suelo; pues, cuando las alas están extendidas, es casi imposible dejar de elevarse. Pero ahí estaba la dificultad y el peligro.

No conseguí aprender a mover y dirigir los brazos, no obstante que entre los de mi raza, se me considera extraordinariamente ágil en los deportes, además de excelente nadador. Lo único que conseguí fueron movimientos desordenados, de los brazos para flotar. Estaba a merced de las alas, las cuales no me respondían y en manera alguna conseguía dominarlas. Sólo mediante violentos esfuerzos musculares (tengo que confesar, gracias a la fuerza anormal que nos da un gran miedo), conseguía dominar la acción giratoria de las alas y arrimarlas al cuerpo. En tales momentos parecía, como si perdieran el poder de sostenerme, almacenado en ellas y en las vejigas, que las conectaban, como cuando el aire se escapa de un globo, y me precipitaba a tierra.

Los revoloteos espasmódicos que acompañaban la caída evitaban que me hiciera pedazos; pero nada me salvaba de los machucones y del fuerte golpe de la caída. Estaba, no obstante, dispuesto a perseverar en mis intentos; pero desistí por consejo o mandato de la científica Zee, la cual, bondadosamente, me acompañaba en mis aleteos.

La última vez Zee, volando por debajo de mí, recibió mi cuerpo, al caer sobre sus alas extendidas y evitó que me rompiera la crisma sobre la pirámide, desde la cual nos habíamos lanzado. "Veo", dijo ella, "que tus esfuerzos son vanos; no por culpa de las alas, ni de los dispositivos, ni tampoco a causa de imperfecciones y malformaciones de tu propio sistema corpuscular.

Es, más bien, un defecto irremediable, por ser orgánico, de tu poder de volición. Has de saber que, la conexión entre la voluntad y los elementos del fluido, sujeto al dominio de los Vril-ya, no la consiguieron los primeros descubridores del Vril, en una sola generación. Se ha ido desarrollando a la par de otras facultades, en el transcurso del tiempo, transmitida de padres a hijos, hasta convertirse en instintiva; al punto que, una criatura de nuestra raza quiere volar tan instintiva e inconscientemente, como quiere caminar; de manera que abre, mueve y pliega sus alas inventadas o artificiales, con tanta seguridad como un pájaro lo hace con las alas, con que ha nacido. No pensé en esto cuando consentí que probaras un experimento, que me encantaba, porque me agrada tenerte de compañero.

Es mejor que abandonemos el experimento; tu vida va siendo preciosa para mí". Al decir esto, la voz y el semblante de la Gy se suavizaron, lo cual me alarmó más seriamente que mis vuelos. Ahora que hablo de alas, no debo pasar por alto una costumbre de las Gy-ei que encuentro muy tierna y simpática, por el sentimiento que ella implica. La Gy lleva y usa las alas habitualmente mientras es soltera; alterna con los Ana, en los deportes aéreos; se aventura sola, internándose en las regiones más salvajes de aquel mundo sin sol; sobrepasa a los del sexo opuesto, en lo atrevido y en la altura de sus vuelos, lo mismo que en la gracia de sus movimientos; pero, desde el día de su casamiento, ya no lleva más las alas; las cuelga, por propia mano, en la cabecera del lecho nupcial, para no usarlas más, salvo que el lazo del matrimonio sea roto por el divorcio o por la muerte.

Pero cuando la voz y los ojos de Zee se suavizaron, como he dicho, me sobrecogió un presentimiento y temblé. Taë, que nos acompañaba en nuestros vuelos, pero que, como muchacho, se divertía más al ver mi torpeza, que simpatizaba con mis temores y peligros, se cernía sobre nosotros posado en medio del tranquilo aire radiante, sereno y sin mover sus alas extendidas. Al oír tan cariñosas palabras de la joven Gy, soltó la carcajada y dijo: "Aunque este Tish sea incapaz de usar sus alas, puedes ser igual su compañera, Zee, porque puedes colgar las tuyas”.



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