LA RAZA FUTURA ( CAPITULO 19. )

Al volver a la ciudad, Taë me llevó por otro camino el cual, dando un rodeo, nos condujo a la Estación (si lo puedo llamar así) o punto desde donde inician su viaje los emigrantes o viajeros para otras comunidades. En otra ocasión había manifestado yo el deseo de ver los vehículos que empleaban.

Estos eran de dos clases; unos para viajar por tierra y otros por el aire. Los primeros eran de todas dimensiones y formas; algunos no más grandes que los carruajes ordinarios; otros eran casas móviles de un piso, de varias habitaciones amuebladas, de acuerdo con las ideas de comodidad y lujo propias de los Vril-ya. Los vehículos aéreos estaban construidos de sustancia liviana; en nada se parecían a nuestros globos1, sino que eran más bien embarcaciones de placer con timón y volante, con grandes alas en vez de remos y la máquina central actuada por Vril. Todos los vehículos, tanto los de tierra como los del aire, eran actuados por ese potente y misterioso elemento.

Encontramos un convoy preparado para el viaje; pero había pocos pasajeros; era una expedición de artículos de comercio, destinados a una comunidad vecina; pues el intercambio entre las tribus de los Vril-ya era en todo tiempo muy activo. De paso diré que la moneda corriente entre ellas no es de metales preciosos, porque entre ellos son demasiado comunes para tal propósito. Las monedas fraccionarias, y de reducido valor, en uso corriente, son de una concha fósil peculiar; los restos relativamente escasos de un diluvio muy antiguo o de alguna otra convulsión de la naturaleza que destruyó la especie; es de tamaño reducido y admite un pulimento de joya. Estas monedas circulan entre todas las tribus de los Vril-ya.

Las transacciones de mayor importancia las hacen por métodos muy parecidos a los nuestros, valiéndose de letras de cambio y delgadas plantas metálicas, que responden al objeto de nuestros billetes de banco. Permítaseme aprovechar esta ocasión para añadir que la contribución pagada al erario público, por la tribu que yo conocí, era muy grande, comparada con el número de sus habitantes; pero nunca oí a nadie quejarse.

Todo se empleaba para fines de utilidad general y realmente necesario para el desenvolvimiento cultural de la tribu; el gasto de alumbrado para un país tan extenso; las reservas para la emigración y mantenimiento de los edificios públicos, en los cuales se desarrollaban las actividades intelectuales desde la instrucción primaria de un infante, hasta las secciones del Colegio de Sabios en las que se practicaban constantemente nuevos experimentos en ciencia mecánica, todo lo cual exigía sumas considerables del fondo público.

A esto, he de añadir algo que encontré muy singular. He dicho que toda labor humana requerida por el Estado era ejecutada por niños y muchachos hasta la edad matrimonial. El Estado paga este trabajo; la remuneración es muchísimo más alta que en país alguno sobre la tierra, incluso los Estados Unidos.

Según la teoría de estas gentes, cada niño o niña, al alcanzar la edad del matrimonio, y dar por terminado el período de trabajo, ha de haber acumulado lo suficiente para llevar una vida independiente. Como, cualquiera que sea la fortuna de los padres, todos los niños han de servir al Estado, son todos igualmente remunerados en proporción a la edad y a la naturaleza de su trabajo. Si los padres o amigos deciden retener a un niño, a su propio servicio, han de pagar al fondo público la misma suma que el Estado paga a los niños que emplea.

1 Cuando Lord Lytton escribió esta obra (1871), no se conocían los aeroplanos. [N. Del T.]

Esta suma se entrega al niño, al terminar su período de servicio. Esta práctica sirve, sin duda, para inculcar y hacer agradable la noción de igualdad social. Si bien, se puede decir que, todos los niños de aquella raza forman una democracia, igualmente se puede decir que, todos los adultos forman una aristocracia. La exquisita cortesía y refinamiento de maneras de los Vril-ya; la generosidad de sus sentimientos; la libertad absoluta de que gozan, para seguir sus actividades privadas; la amenidad de sus relaciones domésticas, en las cuales parecen miembros de una Orden Noble, en la cual no cabe desconfiar de las palabras y acciones de los demás, todo contribuye a hacer de los Vril-ya la Nobleza más perfecta, que el discípulo político de Platón o de Sidney pudiera concebir como ideal de una república aristocrática.


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