LA RAZA FUTURA ( CAPITULO 8 ).


Durante largo rato estuvimos Zee y yo conversando sobre las propiedades de la fuerza "Vril", tratando Zee de hacerme comprender la enorme influencia que tal fuerza había tenido en el desenvolvimiento tan notable de aquella raza.


Zee me preguntó si en el mundo, de donde yo venía, no se sabía que las facultades mentales pueden ser agudizadas a un grado desconocido en estado de vigilia, de trance y telepatía, en los cuales los pensamientos de un cerebro pueden ser transmitidos a otro y de esta manera establecer un intercambio rápido de conocimientos. Repliqué que se hablaba entre nosotros de tales casos de trance y telepatía; que yo mismo había oído mucho sobre ello y había presenciado algo del modo de proceder al provocarlos artificialmente en experimentos de clarividencia mesmérica; añadí que tales prácticas habían caído en desuso y descrédito a causa, en parte, de los torpes engaños que en ellas se cometían y, en parte, debido a que, aun en casos en que los efectos sobre ciertos sujetos de constitución anormal eran genuinos, tales efectos, examinados y analizados seriamente resultaban decepcionantes y no se podía tener confianza en ellos como verdad sistemática o para fines prácticos. En cambio, resultaban perjudiciales para las personas crédulas por las supersticiones a que daban origen.

Zee escuchó mis argumentos con muy benévola atención y dijo que casos similares de abuso y credulidad había ella comprobado en su experiencia científica en los preliminares de tales conocimientos y mientras las propiedades del Vril fueron mal comprendidas; pero se reservó dar mayores explicaciones sobre el tema para cuando estuviera yo mejor preparado para emprender tal estudio. Se contentó con añadir que, precisamente, valiéndose del Vril mientras me encontraba en estado de trance, había yo aprendido los rudimentos de su idioma; y que ella y su padre, los únicos de la familia que habían tomado parte en el experimento, habían adquirido un conocimiento de mi idioma mucho mayor que lo que había yo aprendido del suyo, debido en parte a que mi idioma era más sencillo que el suyo, pues contenía ideas mucho menos complejas, y en parte porque el organismo de su raza era, en razón de cultura hereditaria, mucho más dúctil y mucho más capaz que el mío de adquirir conocimientos. Esto no pude admitirlo, aunque no lo di a entender.


Habiendo tenido que aguzar mi inteligencia en el curso de mi activa vida en mi país y en mis viajes, no podía aceptar que mi constitución cerebral fuese menos viva que la de gentes que habían vivido siempre bajo luz artificial. Pero mientras mi mente desenvolvía tales pensamientos, Zee tranquilamente dirigió su dedo índice a mi frente y me hizo dormir.


Al despertar de nuevo, vi al lado de mi cama al muchacho que había traído los ganchos y la soga a la casa en la que fui primeramente recibido; la cual según supe después, era la residencia del magistrado jefe de la tribu. El muchacho cuyo nombre era Taë era el hijo mayor del magistrado. Descubrí que durante mi último sueño o trance había yo hecho grandes progresos en el aprendizaje del idioma del país y que podía conversar con relativa facilidad y soltura.


Este muchacho era singularmente bello, aun teniendo en cuenta la belleza de la raza a la que pertenecía. De semblante muy varonil para su edad, poseía una expresión más vivaz y enérgica que la serena y desapasionada de los hombres que hasta entonces había visto. Me trajo la tableta en la que yo había dibujado mi descenso y la cabeza del horrible reptil que me había aterrorizado, haciendo que me alejara del cadáver de mi amigo. Señalando a esta parte del dibujo, Taë me hizo algunas preguntas con respecto al tamaño y forma del monstruo, así como de la cueva o el precipicio de donde había salido. Su interés en mis contestaciones parecía tan absorbente que le hizo olvidar su curiosidad con respecto a mí o mis antecedentes. Pero con extraordinaria confusión de mi parte, a causa de lo que había prometido a mi huésped, había empezado a hacerme preguntas sobre el mundo del que había yo venido. Afortunadamente, entró Zee, quien al oírlo, dijo:


“Taë, da a nuestro huésped cuantos informes desees, pero no se los pidas tú en cambio". "Preguntarle quién es, de dónde viene, o por qué esta aquí sería quebrantar la ley que mi padre ha dictado para esta casa".


"Así sea", dijo apoyando su mano sobre su corazón: desde aquel momento hasta que lo vi por última vez, aquel muchacho, con quien trabé gran intimidad, ni una sola vez me hizo ninguna de las preguntas que le habían sido prohibidas.



SOLIM SA LA RA PAZ INVERENCIAL

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