LA RAZA FUTURA ( CAPITULO 2 )


A la mañana siguiente, los nervios de mí amigo se habían ya calmado y su

curiosidad no estaba menos excitada que la mía. Quizás más; porque
evidentemente creía en su propio relato, mientras que yo tenía bastantes dudas. No
es que creyera que había faltado a sabiendas a la verdad; pero yo creía que se
encontraba bajo una de esas alucinaciones que se apoderan de nuestra fantasía y
de nuestros nervios en lugares solitarios y desacostumbrados en que damos forma a lo sin forma y sonidos al silencio.
Escogimos seis mineros veteranos para que vigilaran nuestro descenso. Como la
jaula no podía contener más de uno a la vez, el ingeniero bajó el primero; cuando
llegó al borde de la roca en que se había detenido el día anterior, salió de la jaula y
ésta fue elevada para que yo descendiera a mi vez y muy pronto me encontré al
lado de mi amigo. Nos habíamos provisto de una larga soga.




La luz atrajo mis ojos como le había ocurrido a mi amigo el día antes. La galería
por la que avanzábamos descendía diagonalmente; me pareció luz atmosférica
difusa, no como la del fuego, sino suave y plateada como la de una estrella norteña.
Abandonando la jaula descendimos uno tras otro sin dificultad, gracias a las rocas
salientes de los costados, hasta que llegamos al lugar en el que mi amigo tuvo que
detenerse, la cual era una proyección bastante espaciosa como para que
pudiésemos estar juntos. Desde este punto, el precipicio se ensanchaba
bruscamente hacia abajo como un vasto embudo, y vi distintamente el valle, el
camino y las lámparas que mi compañero había descripto. No habla exagerado
nada. Oí los zumbidos que él había oído; indescriptible zumbido mezcla de voces y
unos pasos apagados. Forzando mi vista, más abajo percibí claramente a distancia
las líneas de lo que me imaginé edificio muy grande. No podía ser mera roca
natural; era demasiado simétrico; se destacaban inmensas columnas de estilo
egipcio y todo él alumbrado como desde adentro. Llevaba conmigo un pequeño
anteojo de bolsillo y con la ayuda de éste pude distinguir cerca del edificio que
menciono dos formas, al parecer humanas, aunque no estaba muy seguro. A lo
menos eran seres vivos, porque se movían y ambos desaparecieron dentro del
edificio. Procedimos a sujetar un extremo de la soga, que habíamos traído, en la
roca en que estábamos, con la ayuda de garfios y ganchos que también llevábamos
junto con las herramientas necesarias.


Ejecutamos este trabajo casi en silencio. Trabajábamos como hombres que
temieran hablarse. Después de sujetar un extremo de la soga en la roca, atamos
una piedra al otro extremo y la bajamos hasta que descansó en el suelo a una
profundidad de unos 15 metros. Yo era más joven y más ágil que mi compañero y
por haber servido en un barco en mi mocedad, el deslizamiento por la soga me era
más fácil que para él. En voz baja reclamé el derecho de preferencia, con el
propósito de una vez en el suelo sostener la soga, a fin de que, estando ésta más
fija, pudiera él bajar mejor. Llegué sin novedad al suelo; inmediatamente el
ingeniero empezó a bajar. Pero apenas había descendido unos cuatro metros,
cuando los ganchos que creíamos muy seguros cedieron o más bien la roca misma
se quebró a causa de la tensión y el desgraciado fue precipitado al fondo, cayendo a
mis pies y arrastrando con él pedazos de roca, uno de los cuales, afortunadamente
pequeño, me dio en la cabeza y me atontó por algún tiempo. Al recobrar mis
sentidos, vi a mi compañero inanimado a mi lado; su vida completamente
extinguida. Mientras estaba inclinado sobre el cadáver, lleno de dolor y horror, oí
cerca de mí un extraño ruido, mezcla de ronquido y silbido y volviéndome
instintivamente en la dirección de donde venía, vi surgir de una oscura grieta en la
roca, una enorme y terrible cabeza con las fauces abiertas y ojos abotagados,
lívidos y hambrientos. Era la cabeza de un monstruoso reptil, parecido al
cocodrilo, pero infinitamente más grande que el mayor de aquella especie que
jamás hubiera visto en mis viajes. Me levanté de un salto y corrí hacia el valle lo
más de prisa que pude. Me detuve, al fin, avergonzado de mi pánico y de mi huída
y volví al punto en que había quedado el cuerpo de mi amigo. Pero había
desaparecido. Sin duda alguna, el monstruo lo había arrastrado a su guarida y
devorado. La soga y los ganchos yacían todavía donde habían caído; pero no me
daban medio para volver atrás; fue imposible volverlos a enganchar en las rocas de
arriba, y los lados de la roca eran demasiados lisos para que los pies humanos
pudieran encontrar apoyo en ellos. Me encontraba solo en este mundo extraño en
las entrañas de la tierra.



SOLIM SA LA RA

 PAZ INVERENCIAL

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