CAPITULO 09


Por fin, satisfechos de su broma, cogieron una camisa cualquiera y la estiraron hasta alcanzar mi tamaño y lo mismo hicieron con un calzón y unos zapatos.


Maravillosas cualidades de un material apropiado para un mundo estandarizado.


Mis amigos me explicaron que aquel material podría crecer hasta tres veces su tamaño
original, al que volvía fácilmente con solo meterlo en un líquido que lava y desodoriza.
Pero no paraba allí la cosa.


Una vez puesto sobre el cuerpo, con el calor de éste se encoge y adhiere, dando la sensación de estar desnudo, pues es de una frescura incomparable.

En un extremo de estas aberturas, donde se deja y recoge la ropa, hay una especie de casco de protección, que cubre desde el frente hasta los hombros.


En ellos se mete la cabeza y dicho aparato se encarga de peinar y agregar al pelo una
sustancia grasosa, al mismo tiempo que lo recorta a la altura de los hombros succionando el sobrante.
Abandonamos el edificio dormitorio, saliendo a buscar un comedor.


Lo encontramos pocas manzanas más adelante.


En realidad no sentía hambre, pero tenía curiosidad por saborear y convencerme si
efectivamente cada charola tenía diferentes sabores según su color.


Debo advertir que aquella substanciosa comida, con apetito o sin él, se come.
Por lo menos yo jamás he rehusado un helado o un buen dulce en nuestro mundo, y esto que se usa acá tiene cierto parecido con estas golosinas.


Y lo dicho, sin hambre, di fácilmente cuenta del contenido de dos charolas, y hasta creo que si hubiera durado más tiempo allí, la curva de mi estómago toma características alarmantes como las de los franceses que encontré.


Satisfecho el apetito o la curiosidad, fuimos en busca de una biblioteca, pues había
despertado cierto interés en mí lo que al pasar había logrado observar.


Estos edificios no se diferencian gran cosa de los comedores, en su disposición.
Al igual que aquéllos, dos paredes alojan los elevadores y las otras dos siempre están
cubiertas de estantes repletos de libros.


¿Como los nuestros? No, son un poquito diferentes.


Voy a tratar de describirlos, y no solo los libros sino todo lo que vi.


Mis amigos deben ser poco afectos a la lectura, porque me dijeron que, mientras yo fisgaba ellos subían a la azotea a respirar.


Me dirigí a un estante y cogí un libro.


No hay a quien pedírselo, ni tampoco a quien preguntar.


Así que al azar lo hice, y allí mismo, parado, me puse a hojearlo.


Como pastas, para llamarles como nosotros, tienen dos charolas, cuadradas o rectangulares, embrocadas, que forman como una caja.


El material interior es una tira continua doblada en forma de acordeón y unida a las pastas por sus extremos.


Este material está cuadriculado en forma menuda y la escritura que contiene se reduce a pequeños puntos diminutos, ángulos y círculos, colocados en diferentes posiciones dentro del cuadriculado.


Los libros se pueden abrir por dos de sus lados, así que cuando han terminado uno, lo cierran y abren el otro continuando la lectura.


Como complemento tiene unas uñetas que le sirven para mantenerlo abierto.


Esto es necesario por esta razón; todo el piso está cubierto de pequeños sillones.


Tienen descansos para los brazos y apoyo para los pies y se puede reclinar en cualquier ángulo.


Lo complementa un brazo articulado provisto en su extremo de un par de barritas que
terminan en un pequeño círculo imantado, así que, cómodamente sentado, dispone el brazo a la distancia que uno quiera, coloca el libro abierto entre los dos círculos, sujeta el material de lectura con sus uñetas y hágame el favor, a quién no le van a dar ganas de leer con tantas comodidades, y lo más interesante que si una persona está interesada en escribir, también encuentra en qué hacerlo, pues hay varias hileras de sillas que en vez de brazo tienen una plana, como la de los comedores, y hay una buena provisión de libros en blanco.


Usan unos aparatitos no mayores que una plumilla fuente de mujer, pero no llevan pluma.


En su lugar hay un cuadro diminuto.


Dentro de él hay un círculo y al centro un punto para escribir.


Usan cualquiera de los ángulos.


Apretando un botón en la parte superior sale el círculo, y haciendo lo mismo con un
abultamiento a medio cuerpo del aparato, destaca el punto.


No usan tintas de ninguna especie, sino una reacción eléctrica que opera sobre el material de escritura, que no es papel.


Más me pareció seda engomada o un material parecido, que no se arruga ni se rompe con facilidad.


Estos locales son bastante altos, pues alcanzan los tres metros y los estantes cubren toda la pared.


Para alcanzar cualquier libro, hay unos aparatos que se componen de una barra provista de un asiento, que a voluntad sube o baja en dicha barra y esta se mueve a derecha e izquierda.


De éstos aparatos hay unos diez o doce en cada pared y se manipulan con botones situados en el asiento.


En éstos, como en todos los edificios, se hace un verdadero derroche de luz, sin descubrirse la fuente, y lo mismo que en todas partes impera la variedad de colores, ocupando un solo color cada hilera de libros.


Mis amigos llamaron al elevador para que fuéramos a la azotea y viera algo interesante, y vaya si lo era: estaban unos individuos cosechando fruta.


Como dije antes, todas las azoteas están convertidas en huertos frutales de distintas
especies.


Naturalmente que todo en este mundo es novedoso, por lo menos a mí me lo pareció.
Quizá haya personas que nada de esto les parezca ni siquiera lógico; pero de calquier
manera yo me voy a limitar a describir lo que vi.


En un ángulo de la azotea estaba una nave pequeñísima.


No medía más de tres metros alrededor.


Descendía por el centro una escala que llegaba por entre los árboles hasta uno de los
pasillos.


Cuando subí a la azotea, llamando a mis amigos, me señalaron a dos hombrecitos que
desempeñaban una labor que dicho sea de paso, en nuestro mundo es tediosa, pues estaban cosechando fruta.


Pero estos pequeños hombres que no median ninguno de los dos más de un metro, lo hacían de la manera más fácil.


En su pequeña nave traen una charola como de dos metros de circunferencia; pero está
dividida en dos, teniendo un recorte circular en el centro.


Esta charola es como casi todo lo que allí se usa de un material sumamente liviano.
Cada una de las mitades, las colocan inmediatamente arriba del anillo que sostiene el árbol por el tronco.


Una de estas mitades tiene un agujero como de diez pulgadas.


En este agujero enchufan un tubo elástico del mismo diámetro y levantan la tapa de uno de los pasillos que además desempeñan el trabajo de canaletas.


Cuando todo está listo, toman un pequeño aparato poco más grande que una cajetilla de cigarros, lo colocan bajo la charola en unos rielecitos fijos al anillo, lo echan a andar y llueve fruta a la charola, que sigue por el tubo a la canaleta y de allí al interior del edificio, para llegar al lugar de aprovechamiento por conductos interiores.


El aparatito aquel es un vibrador que desprende la fruta que está madura.


Como se pueden dar cuenta, es sumamente fácil la cosecha.


Cuando terminan la operación en un árbol la repiten en otro y así van de azotea en azotea con su pequeña nave y sus raros implementos.


Les pregunté a mis amigos qué hacían con la fruta.


Por cierto, los árboles son bajitos.


No miden más de dos metros; pero son muy frondosos.


La parte superior de estos árboles está cubierta de ramas distribuidas en sorprendente
simetría y bien proporcionados.


No se descubre una sola hoja, pero las cubren pequeños brotes, que en su mayoría tienen un rabito que sostiene un fruto.


Su corteza es verde, de apariencia tierna y lisa como el vástago de un plátano; los frutos que vi y toqué eran de envoltura suave, como la ciruela entre otras.


No me constaba, pero me aseguraron mis amigos que no producían huesos.


Volviendo al tema que estábamos tratando de qué hacían con la fruta, me contestaron
riéndose a mandíbula batiente: ¿Qué crees que has comido? Eso que tanto te ha gustado no es otra cosa que una mezcla elaborada con frutas y pescado; pero, si no tiene sabor de pescado ni de frutas, claro que no, en los laboratorios se preparan quitando el olor y sabor originales.


Por eso te sabían diferentes, pero toda nuestra alimentación procede de esos árboles,
complementándose con productos del mar debidamente elaborados y balanceados.


Ahora mis amigos estaban interesados en que conociera algunas de sus diversiones
favoritas.


Vamos a empezar por lo primero que encontremos - me dijeron, y fue una sala
cinematográfica.


Cuando me dijeron que era un edificio cinematográfico, pues me imaginé otra cosa distinta, quizá algo parecido a lo que conocía, esperaba cuando mucho una pantalla gigantesca, un público a obscuras, unas butacas incómodas, vaya, algo parecido a lo nuestro.


Desde luego que sí esperaba que el edificio tuviera todos sus pisos destinados al mismo fin.


A eso ya me había acostumbrado, pero veamos lo que encontré.


En estos edificios, que quizá son únicos en su tipo, los elevadores están en el centro y la pantalla ocupa una pared circular que rodea el edificio en su mayor circunferencia.
Los espectadores dan la espalda a la torre de elevadores, y de esta manera no son
molestados por los que llegan o salen.


La sala tiene más luz que el mejor día de los nuestros con la misma claridad que conocemos.


Ya les he dicho que estas gentes tienen un gran dominio, tanto de la luz como de la
oscuridad, por lo tanto, al entrar a esta sala, me pareció salir de un edificio semi-oscuro.


Nos sentamos en las primeras butacas que encontramos.


Naturalmente a esto sí puede llamársele butacas; es una armazón de lámina dura, forrada de un material fresco y esponjoso.


Yo que estoy el doble de voluminoso que mis amigos, entro a la fuerza y quedo dentro, o mejor dicho formando parte de una paca de un material para mí desconocido pero que me prodiga una comodidad jamás sentida.


Nadie estorba, el piso es cónico y puedo ver desde el piso de la pantalla.


El espectáculo gira lentamente alrededor de todo el edificio.
Intrigado me paré y busqué dónde empezaba y terminaba aquella maravillosa pantalla,
encontrando al fin una ranura, donde claramente se veían salir y perderse trozos diferentes del espectáculo.


Gira tan lentamente que resultaría aburrido sino se posesionara de inmediato nuestra mente de que aquello no es ningún cinematógrafo como lo concebimos, ni como lo conocemos, pues sentado cómodamente tengo la sensación de que estoy en lo alto de un cerro y allá abajo veo un arroyo correr lentamente, bajando una vereda, un atajo de burros hostigados a gritos por tres arrieros.


Resulta maravilloso, doblemente, porque oigo los gritos de los arrieros, el jadear de los
animales y hasta los ruidos peculiares que producen sus estómagos al hacer algún esfuerzo mayor.


Con tal claridad se oye todo y se ve que se pierde la noción del lugar y la distancia.


Los espectadores, en su mayoría, no se limitan a ver.


Van provistos de trozos de material, algo parecido al vidrio; pero, a pesar de que no es más grueso que un vidrio común y corriente, da la impresión de que solo es la tapa de una caja iluminada.


En este material tratan, y a veces lo logran con exactitud, de reproducir lo que ven.


No diría que pintan, pues no usan ni pintura ni pinceles, sino una cosa muy parecida a las plumillas con que escriben, y solo varía el aparato en la punta, por donde, a voluntad y solo haciendo presión en el abultamiento que lleva a medio cuerpo, produce un pequeño abanico, semejante al que produce una pistola para pintar a base de aire a presión.


Como dije antes, no es pintura sino una especie de rayito de luz que al girar la perilla superior cambia de color o de intensidad.


Este aparato lo usan algunos con tanta maestría que producen tonalidades verdaderamente maravillosas, pues el rayo de luz va desde un punto hasta dos centímetros de ancho y produce en el material el mismo efecto del fuego a diferentes distancias.


En el entresuelo hay estanterías donde se proveen del material necesario y allí mismo
depositan sus trabajos.


De nuevo salimos a la calle, ahora en busca de una sala deportiva.


Cuando mis amigos me dijeron esto, me imaginé un gimnasio; pero fui llevado a un edificio que no tenía nada de esto, Todo el piso estaba cubierto de mesitas cuadradas que solo tenían una pata central.


De cada uno de sus lados pende una barra y en ella se desliza a voluntad un asiento con respaldo y apoyo para los pies.


El plano de la mesa está cuadriculado, en blanco y negro, y en este deslizan unas pequeñas marcas, que las mueven como en el ajedrez o en ese juego de damas que nosotros usamos.


Mis amigos me aseguraron que esto se juega en miles de combinaciones, que continuamente se inventan otras nuevas, desechando las más fáciles.
Aquello era interesante, pero yo pensaba que esto no era lo que me habían prometido y les pregunté por la sala deportiva, a lo que me contestaron que allí solo el cerebro hacía gimnasia y que no desperdiciaban energías inútilmente ya que la salud y la figura se controlaban desde los laboratorios a través de los comedores.


Ahora le tocaba su turno a otra clase de diversión.


Pocas manzanas adelante entramos en otro edificio.


En cuanto tuve ante mi vista la primera sala, me sentí desconcertado, recordé algunas
escenas de una película oriental en la que presentaban un fumadero de opio, donde escuálidos seres vencidos por el vicio yacían en asquerosos camastros atendidos por seres misteriosos e igualmente escuálidos.


Esta sala está cubierta de cómodos sillones reclinables, en los que con facilidad se hunde uno, perdiéndose.


Tienen descanso para los pies y dan la impresión de que fueron hechos para dormir o
descansar.


El respaldo, que se prolonga más allá de la cabeza, está de tal manera confeccionado que la cabeza queda hundida y las partes laterales están provistas de aparatos, al parecer micrófonos.


El complemento de esta diversión, a la que si le encontré motivo de ser, es una pequeña
circunferencia de un material elástico negro suave y ligeramente grueso. Este se coloca alrededor de la cabeza y su cometido es tapar los ojos, dando la sensación de oscuridad.


La sala está totalmente iluminada. Provisto de este adminículo y colocado debidamente en el sillón, empieza el espectáculo, que esta vez es solo para el oído y la imaginación. 


En el primero de los sillones que ocupé, donde me acomodé con cierta dificultad, pero sin incomodidad, llenó mis oídos un sonido por demás conocido.


Era como el que produce el tráfico en las grandes ciudades, con un escándalo mortal de los empedernidos bocineros, el ulular de las sirenas de los diferentes servicios públicos de emergencia, el peculiar campaneo de los pequeños carritos de humildes vendedores, el vocerío clásico de los mercados, pitidos de los agentes tratando de poner orden, el rodar de pesados tranvías en los gastados rieles, sin faltar el traqueteo de un monótono ferrocarril con sus pitazos y campanazos peculiares, sus acompasados escapes de vapor y muchos ruidos que conozco pero escapan a mi memoria.


Era tan real todo que, algunas veces, ante la proximidad de un tren, me desembaracé de la tira con que me cubrí los ojos para cerciorarme de que no corría peligro. Como mis amigos me advirtieron que en cada hilera de sillones se podía oir un sonido diferente, me pasé a otro sillón, hileras más adelante.


Aquí encontré algo que, aunque no conozco realmente, lo podía fácilmente identificar.





SOLIM SA LA RA 

 PAZ INVERENCIAL

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